domingo, 29 de agosto de 2010

Francia de ida y vuelta (II)

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Viene de Francia de ida y vuelta (I): a la frontera por Girona
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Francia de ida y vuelta (II): Collioure, Carcassonne

Fui a Collioure hace seis años para ver la tumba de Antonio Machado, pero me quedé con las ganas: la procesión de coches atascados para bajar a la ciudad era tan descomunal, que me di la vuelta en la primera rotonda. El domingo pasado tuve más suerte y sólo me costó veinte minutos llegar al puerto y toparme con otra cruda realidad: los párking no sólo estaban llenos sino que lucían una hilera de vehículos esperando a que cambiara el cartel de “Complet” por el de “Libre”.

Dos vueltas en vano más tarde y tras advertir la creciente crispación de mi sufrido copiloto por mi “torpeza para aparcar”, decidí dejar el coche en el párking del restaurante. Dicho y hecho, el A3 sano y a salvo de las estrechas y empinadas calles de Collioure y nosotros dos, serenos. Entregamos las llaves en la recepción, confirmamos nuestra reserva de las 13.30 y nos fuimos a tomar un refresco y comprar Le Monde y La Croix, el tándem clásico en todo periplo por Francia.


Collioure me sorprendió gratamente, no sólo por la recoleta bahía de aguas limpísimas y las diminutas calas de arena, también por las murallas del castillo y la solitaria ermita, en contraste con el centro repleto de tiendas, brasseries y cafés. Muchos turistas comían ya, otros se bañaban y los más vagaban sin rumbo.

No había nadie en el cementerio frente a la tumba de Antonio Machado, el poeta que llegó enfermo a Collioure el 29 de enero de 1939, huyendo de los nacionales, y que moriría en Collioure apenas un mes después, el 22 de febrero. Machado había atravesado la frontera con su madre, de 88 años, que sólo tardaría tres días en seguirle al más allá.

Antonio Machado y su madre fueron enterrados juntos en una tumba que el ayuntamiento y los turistas se encargan de tener siempre llena de flores frescas, ramos, placas de reconocimiento y versos del poeta que no creía en más caminos que los que se hacen al andar.

Yo emprendía el mío cuando vi llegar a una pareja española y detrás a una familia catalana con niños; uno conocía a Machado del colegio, el otro por las canciones de Serrat. Con el ánimo algo encogido, como siempre que piso donde otros que admiro pisaron antes, abandoné el cementerio.

El restaurante La Balette, del hotel Relais des Trois Mas, ya era famoso antes de la segunda guerra mundial, y desde hace dos años lo es más porque en sus fogones cocina Fréderic Bacquie, poseedor de una estrella Michelin. Al hacer la reserva en Madrid desconocíamos este dato, que seguramente nos habría llevado a tacharlo de la lista por caro y pretencioso, pero cuando lo supimos ya nos habíamos enamorado de su terraza con vistas sobre el agua y la cúpula rosa de Nôtre Dame des Anges.

Nos acomodaron en la terraza, junto a un parterre de flores contra el que se recostaban las rugosas verdes hojas de una higuera que olía a Mediterráneo. A nuestros pies, en la playa privada del hotel, un par de decenas de cuerpos se tostaban al sol y unos niños chapoteaban.

De la carta, corta y sonora como todo lo “de autor”, escogimos las anchoas de Collioure, marinadas con legumbres confitadas y un curioso sorbete a la pimienta roja. De segundo, filete de Saint Pierre (no sé cómo se traduce) al cardamomo y rape con fricasé de legumbres al pesto y crujiente de parmesano. Postre, vino de la región, y los bombones obsequio de la casa. Todo delicioso.

El único “pero” fue para el servicio, que ni estuvo a la altura del sitio ni de la carta ni, por descontado, de la factura. Un solo ejemplo: una vez servido, el sumiller deposita el vino en una mesa aparte y es él quien se encarga de rellenar las copas. Refinamiento que queda en molesta tontería si hay que llamar dos veces a un camarero cualquiera para que te sirva. Con todo, volveremos a La Balette.

Salimos de Collioure, esta vez sin atasco, y pusimos rumbo a Carcassonne. Era la tercera vez que visitábamos la Cité, reconstruida en el XIX por el sin par y polémico arquitecto Viollet-le-Duc. La primera vez, hace seis años, nos alojamos fuera de las murallas, pero en octubre pasado pernoctamos en el hotel Le Donjon, en el corazón de la ciudad medieval, y nos apetecía repetir.

Una chica del hotel esperaba en el párking extramuros (en verano está prohibido subir el coche privado), nos asignó la placa para entrar y salir sin pagar, y se quedó a cargo del equipaje hasta que llegara a recogerlo la minivanette que pasa el verano acarreando maletas y clientes de hotel.

Mi compañero de fatigas y yo hicimos la entrada a pie, cruzamos las polvorientas lices (espacio entre la muralla exterior y la interior) y caminamos por las calles adoquinadas hasta el hotel. Atardecía y hacía calor, pero la ciudad bullía de turistas que fotografiaban balcones y ventanas llenos de flores; las tiendas exhibían su colección de armaduras, espadas y escudos de juguete, los jabones y perfumes de violeta, la cerámica, los olivos de la amistad… Los restaurantes y pizzerías reclamaban su ración de clientes, como cada día.

Cuando salimos del hotel era casi de noche, hicimos una corta ronda, comprobamos el horario del castillo y tomamos una cerveza Trencavel y un vino en una terraza bajo los árboles. Sin ningún sitio al que conducir, sin nada que ver ni visitar, sin prisas ni obligaciones, disfrutamos de la noche, la música y las bebidas leyendo nuestros libros: el sufrido Le Roi René y, por mi parte, Sanditon, la novela inacabada de Jane Austen que compré en Chawton (Inglaterra) a mediados de julio.

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Continúa en Francia de ida y vuelta (III)