jueves, 22 de julio de 2010

Jane Austen vivió aquí (II): Rumbo a Chawton

Segunda etapa de mi visita a Winchester (la primera, la tumba de Jane Austen, aquí)
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Dejé atrás la tumba de Jane Austen en la Catedral de Winchester, internándome en el soberbio edificio normando del siglo XI, modificado por los siglos, como todos, pero con tantos tesoros en su interior, que al recorrerlo me sentía un poco como si viajara en el tiempo. Una vez más esa mañana, recordé mi anterior viaje por el sur de Inglaterra, esos días de septiembre en que, junto a mi infatigable compañero de fatigas, conocí Stonenhenge, Salisbury, Stratford-upon-Avon, Bath y Winchester, y regresé a Oxford, a Londres... Como los buenos vinos, esos lugares han mejorado con los años, o quizá son mis recuerdos los que se han vuelto más dulces.

Armada con mi guía de la catedral (que había comprado con el ahorro de 3 libras en la entrada por ser estudiante), me empapé de la historia de la preciosa pila bautismal del siglo XII, labrada en mármol negro, y me detuve en la Capilla del Santo Sepulcro, donde aún pueden verse los delicados frescos que en el siglo XIII cubrían toda la catedral.

También del siglo XIII subsiste el suelo original de azulejos decorados, sobre el que han pisado peregrinos durante más de 700 años. A mi alrededor, pocas personas, lo que hacía más sobrecogedor deambular entre las capillas, las tumbas y los arcones mortuorios con los restos de reyes británicos anteriores a la llegada de Guillermo el Conquistador, el duque normando (francés) que conquistó Inglaterra y mandó ampliar esta catedral.


Apenas tenía tiempo, pero aun así subí a la biblioteca y la galería del triforio, que en realidad es un pequeño museo al que se llega por unas empinadas escaleritas. El tesoro que guardan allí es la Biblia Winchester, un manuscrito iluminado del siglo XII en el que trabajaron durante 20 años escribas e ilustradores. En las páginas tras vitrinas de cristal, la historia de Dios y los hombres en brillante oro y lapislázuli.

Me habría quedado en la catedral durante horas, pero quería coger el autobús de las 13.10 para ir a la aldea de Chawton, a unos 18 kilómetros de Winchester. Por suerte, la catedral está al lado de la estación de autobuses, con lo que tuve tiempo de comprar un pastel vegetariano recién sacado del horno y una botella de agua. Con tan magro almuerzo metido en una bolsa de papel, llegué a la pequeña estación de buses, pero ni rastro del X64. Entre el cansancio, el hambre y el autobús missing,empezaba a ponerme de los nervios, hasta que una señora mayor amabilísima, viéndome con los folletos de Chawton en una mano y el evidente almuerzo en la otra, se acercó a decirme que esa larga cola de gente esperaba al mismísimo X64.

Dándole las gracias a la señora varias veces más de las que la cortesía debe aconsejar, barajé devorar allí mismo mi pastel, pero en los minutos de duda, el autobús llegó; uno de esos buses de dos pisos rojos, sin aire acondicionado, por supuesto, pero una bendición para mis pies y mis riñones. Compré un billete de ida y vuelta, subí al piso de arriba y engañé al estómago con el no-demasiado-soso pastel. La amable señora estaba sentada en primera fila, me sonrió comprensiva y le di las gracias otra vez, sin saber que aún me faltaban otros cuantos agradecimientos que prodigarle antes de bajarme del autobús.

La casa de Jane Austen en Chawton; la casa que durante ocho años compartió con su madre, su hermana Cassandra y su amiga Mary, era mi siguiente parada.

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