miércoles, 7 de julio de 2010

Historia de un objeto

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Esta tarde he vuelto a pecar de ansiosa. Y no con los dulces o yendo de rebajas. Mi vicio es menos lesivo para el bolsillo, aunque igual de dañino (o más) para mis pies y mis riñones. Me refiero a que esta tarde he vuelto a darme una paliza recorriendo un museo.

De nada me vale decir que serán sólo unas pocas salas, que tengo todo el tiempo del mundo para regresar mañana, y pasado, y el día después… Una vez que pongo un pie en el hall de un museo, estoy perdida: no me voy de allí, ni me siento ni descanso, hasta que me desalojan los vigilantes (porque cierran, no porque me encadene a la pata de una estatua, que hasta mi adicción tiene límites). Uno de mis lectores sabe bien que no exagero porque lo ha padecido en carne propia durante años, y en silencio, como dice el anuncio, por lo que tiene plaza fija en mi corazoncito.

Vale... Me bajo del cerro al que me he subido y vuelvo a esta mañana cuando, tras salir de clase y resolver un asunto administrativo, me fui caminando al British Museum con la sana idea de comer en un banco del jardincillo en la entrada principal.

Por supuesto, no había un hueco libre, así que entré y “usurpé” un sitio en las mesas de la cafetería, con lo que a las 12.45 estaba sentada en el patio central, comiendo mi sándwich de salmón y mis dos piezas de fruta bajo la magnífica cúpula diseñada por Norman Foster, a la sazón el marido de nuestra televisiva doctora Ochoa (ahora, Lord y Lady Foster, por gracia de Her Majesty).

Y de verdad que pensaba visitar sólo las salas de las ánforas y vasijas griegas. El problema es que para llegar a ellas hay que atravesar otras salas, subir escaleras y caminar entre cientos de pequeñas maravillas imposibles de obviar (al menos, imposible para mí).

He perdido la cuenta de las veces que he recorrido el British al cabo de los años. Los toros alados asirios, las esculturas del Partenón griego, las momias egipcias, la estatua de Ramsés II, la Piedra Rosetta, el busto de Augusto, la Copa Warren… No deberían dejarme sin aliento. Pero lo hacen, aun cuando haya una legión de turistas disparando el flash, chillando al ver la estatua y empujando para posar delante de esas piezas que una vez fueron simples láminas en libros de texto y ahora cobran vida, forma y color.

Conozco bien esa emoción, el resplandor y el entusiasmo, el pellizco en la boca del estómago, las no tan impertinentes ni raras lágrimas tras una frágil cortina de pestañas. ¡Hay tanta cultura en los museos, tanta vida, tanto trabajo bien hecho por tantos artesanos desde el albor de la civilización! Y aun antes.

Cada objeto cuenta miles de historias: la de quien lo forjó, la del modelo, la de la ciudad, país, continente, época histórica, técnica, significado, valor religioso, político, sucesivos dueños hasta llegar a esas asépticas, refrigeradas vitrinas de museos.

Por eso, porque cada objeto es un precioso testigo de la efímera existencia humana, porque cuidarlos, estudiarlos y legarlos es una obligación, me apetece abrir una sección por y para esos objetos que cada día encuentro, fotografío y almaceno para mis alevosos propósitos de cuentos, novelas, reportajes de viajes…


Y la primera Historia de un objeto es la de...¡tachán! La momia de Cleopatra.



La más fotografiada de la sección egipcia ya sea sola, con turista delante, con más turistas detrás... Todos querríamos que fuera la momia de Cleopatra, la reina de Egipto, la que escogió suicidarse siendo mordida por áspides. Al menos, parece seguro que es un miembro de la misma familia, pero del siglo II D.C. Esto es lo que dice el cartel que la acompaña:

"Cleopatra: la momia de una joven
(Época Romana, siglo II D.C.)

La momia y el ataúd de Cleopatra, hija de Candace, del mausoleo de la familia Soter, llegó al British Museum en 1823 como parte de la primera colección de Henry Salt. La momia está envuelta en múltiples capas de tejido, con una mortaja exterior en la que aparece pintada la figura de la mujer fallecida. En el interior del cuerpo habían colocado una peineta y un collar de perlas, y a su vez el cuerpo fue introducido en un ataúd de madera. La inscripción jeroglífica del ataúd proporciona la edad de la fallcida: 17 años, 1 mes y 25 días. El TAC realizado demuestra que tanto el esqueleto como el estado de los huesos avalan la citada edad.

El esqueleto está en buenas condiciones. Tiene el cráneo inclinado hacia adelante y la boca abierta. Hay al menos tres paquetes en la parte derecha del pecho, que probablemente sean los órganos internos. Y un objeto de unos 9 centímetros de largo en la parte izquierda del pecho, quizá un rollo de lino o una figurita. Los TAC han revelado también que se usó cierto material de embalaje (barro o arena), lo que explicaría el peso de la momia, alrededor de 75 kilos".




Hay también una interesante historia tras el hallazgo de la momia, como casi siempre que los protagonistas son lores o aventureros británicos en tierras griegas, turcas, egipcias... Unos (los desposeídos) hablan de expolio de tesoros nacionales, y otros (los exploradores, arqueólogos o ricos sin más) hablan de recuperación de piezas abandonadas o gravemente descuidadas que ellos trajeron a Inglaterra para el bien de la Humanidad.



No puedo resistirme a poner también esta simpática foto de animales momificados, que los egipcios criaban y sacrificaban para lo de siempre: comprar el favor de los dioses.

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