lunes, 12 de julio de 2010

El rojo y el negro


España está de moda en Londres. O debería estarlo, aunque sólo fuera por la alegría contagiosa y las ganas de marcha que desplegamos a la mínima ocasión. Anoche fue la celebración de la Copa del Mundo, pero es cierto que pese a lo mucho que aquí se va a los pubs y se alterna en el mejor sentido, la alegría latina es otra cosa. Y, además, anoche nos comportamos. El beso que sacó de sus casillas a Carbonero también tiene un hueco en la prensa británica.

Mientras la selección española bañaba de rojo las calles de Madrid, el pulpo profeta recibía su propia Copa del Mundo, bien ganada ya que él sí que ha acertado en todas sus actuaciones: 7/7. Y por un mejillón como única recompensa. Es una historia algo boba, tengo compañeros en clase a los que incluso les molesta la simple asociación de “profeta” con un bicho de tantas y viscosas patas, pero es la anécdota de este Mundial, al menos tal como se ha vivido en este lado del Canal de la Mancha.

Otro rojo muy distinto tiñe desde anoche Kampala (Uganda), donde uno o varios terroristas suicidas han matado a 74 personas que estaban viendo a España y Holanda jugar la final del Mundial. Otra vez el mismo odio asesino, dirigido contra quienes no pueden defenderse. Los culpables de la injusticia, la pobreza y la incultura en el mundo, a buen seguro que no estaban en esos dos restaurantes.

Y un eclipse total de sol ha oscurecido el Pacífico sur brevemente, para delirio de miles de personas que apuntaban sus telescopios a los cielos. Las enigmáticas estatuas de la Isla de Pascua parecían fruncir el ceño, como preguntándose qué hacía allí esa multitud de pequeñas criaturas, ruidosas y algo molestas. Más ruidosas y molestas de lo normal, claro.

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