viernes, 16 de julio de 2010

De Lille a Winchester

Me estoy relajando con este blog. Algunos me lo habéis dicho, y tenéis toda la razón: la historia de un objeto hace unos días que no es diaria, y no dejo por escrito tantas desventuras como al principio. My fault!

Es complicado encontrar (y aún más, mantener) el delicado equilibrio entre recuento de anécdotas personales, impresiones “ambientales” y repaso a la actualidad, amén de producción literaria propia. Pero… ahí está el quid de la blogología, supongo. Para colmo, dos compañeros de clase intentan volverme loca con su insistencia en que traduzca esta página o, aún más arriesgado, la escriba en inglés. Tanto fish & chips los ha trastornado, imagino. Les enseñé la página con las fotos, link e información “turística” (por así definirla), y les pareció de lo más cool que yo fuera capaz de hacer algo así, como si mantuviera una segunda vida o acabaran de descubrirme como una escritora célebre de mi país… ¡Son tan ingenuos! Por eso mismo los contemplo con una mezcla de hermana mayor benévola y entomólogo seriamente interesado en su desenvolvimiento como especie.

En cualquier caso, viniendo en el bus a casa me he dado cuenta de que hace casi una semana de mi viaje relámpago a Lille (Francia) y no he contado nada, ni he colgado fotos de la ciudad que alberga la Bolsa más bonita de Europa; el estilizado “beffroi”, testigo de una época y una funcionalidad civil de los edificios que ya no se estila; el coqueto barrio medievo-renacentista con sus venerables mansiones de vigas, sus portadas y ventanales de madera y labrillo; la Citadelle de Vauban con su aire a lo Cartuja de Parma, rodeada de un frondoso parque con atracciones para niños y familias, y decenas de plazas y estrechos callejones donde crecen la hiedra y los maceteros con flores.

Sin olvidarme de su museo de Bellas Artes, verdadero gabinete de obras de arte donde brillan con luz propia dos Greco y otros tantos Goya.


La Grand Place es el pulmón de esta ciudad tan francesa como flamenca, a la que el Eurostar la ha venido a ver como el ángel anunciador a María: todos los trenes que salen y llegan a Londres paran en Lille, con lo que una nueva era de prosperidad inflama a la ciudad que en los siglos XVI-XVII perteneciera a la Corona española de Carlos I y Felipe IV.

Mañana es sábado, 17 de julio. Empiezo la cuenta atrás de la primera parte de mi estancia en Londres, ya que agosto lo pasaré en España. Mentiría si dijera que estoy deseando volver (echo de menos a gente, pero los quisiera conmigo aquí en vez de volverme yo, ja), y quizá por eso relleno con fruición las fechas de mi calendario.

Mañana me voy de peregrinación a los santos lugares donde vivió, escribió y murió Jane Austen. La ciudad de Winchester (una hora de tren desde Waterloo) es el punto de partida, con la catedral donde están sus cenizas como primera parada. Si no me da tiempo a ir a la aldea de Chawton, donde se yergue la casa familiar de los Austen, tendré que volver el domingo.

Quisiera hacer este viaje con la misma persona que lo hice hace años. No será igual, pero me acordaré de ti cuando le diga a ella que he vuelto a verla; que años después ahí estoy de nuevo, mirando la placa de su tumba en el suelo de la catedral; que sus novelas me siguen inspirando; que el señor Darcy, Elizabeth Bennet, las hermanas Dashwood, Edward Ferrars, Emma y tantos otros personajes son tan reales como muchos de los vivos con los que me cruzo a diario.

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