martes, 6 de julio de 2010

Cuentos de Canterbury

Hoy la academia nos ha dado día libre de clases, compensándolo con una excursión a Canterbury, a menos de 100 kilómetros al sur de Londres. El nombre de esta antiquísima y coqueta ciudad está unido por lazos de sangre con el de Thomas Becket, el arzobispo católico asesinado en 1170 por negar la supremacía del rey sobre el Papa.

El martirio de Becket en la propia catedral de Canterbury generó tal repulsa, que su tumba fue durante toda la Edad Media un lugar de peregrinaje para gentes de toda Europa. Creyentes devotos, beatos ingenuos, crédulos, pícaros y gentes de mal vivir llegaban a la ciudad en masa, aumentando la fama del mártir al tiempo que la riqueza de los comerciantes y burgueses locales. El ambiente de finales del siglo XIV está magistralmente recogido en los Cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, el otro hijo predilecto que ha dado fama universal a la ciudad.

Hoy la catedral no es como la que pisó Becket, pero sin duda es una soberbia obra del arte gótico que conserva trazas románico-normadas y asombra con la estilizada nave principal, el elegante coro, las vidrieras gótico-renacentistas, las imponentes tumbas de reyes y la simplicidad de la vela ardiendo en el lugar donde estuvo la tumba de Becket.

Y es que, casi 400 años después de ser martirizado, otro rey, el indefinible Enrique VIII, también la emprendió contra Thomas Becket, ordenando arrasar la tumba en un intento (vano, podemos decir al cabo de los siglos) de apagar la devoción por el santo católico.


El altar que hoy conmemora el luctuoso suceso congrega a miles de turistas cada día, aun cuando no se levante en el sitio exacto donde Becket cayó muerto. Varias tumbas suntuosas, una baldosa que recuerda al arzobispo William Whittlesey (1368-75) y en las losas del suelo, escrito con letras rojas, un sencillo nombre: "Thomas"


Muchos cuentos se han contado durante 840 años. Pero lo cierto es que, aunque la catedral abrazara hace siglos la fe anglicana y nada material quede del mártir católico, quienes hoy peregrinamos a Canterbury nos emocionamos al ver esa solitaria vela encendida en el suelo donde una vez estuvo la tumba de Becket.

Alrededor de la vela, como una guardia devota, las magníficas tumbas de imponentes reyes. Pocos saben quiénes fueron esos monarcas, pero todos saben por quién alumbra esa vela.

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