viernes, 25 de junio de 2010

Ruleta rusa con las vías del tren

Hoy pensaba escribir sobre las cafeterías de los museos de Londres, algunas de ellas verdaderas obras de arte y golosa tentación por sus montoncitos de galletitas, muffins, pastelitos y tartas. Pero el accidente de tren en España me ha dejado el estómago para pocas alegrías, así que el tour por estos modernos refectorios tendrá que esperar.

Lo más terrible de la tragedia en España es que pudo haberse evitado. Fácilmente. Una sola persona, tan sólo una advirtiendo del peligro y convenciendo al resto, y el desastre habría sido engullido por el mismo agujero negro que lo creó. Pero no fue así, y me pregunto si estamos tan acostumbrados a coquetear con el riesgo que ya no lo “sentimos” real.

Tentamos a la suerte de mil maneras, ya sea conduciendo con dos copas de vino; llevando al niño en el coche sin cinturón porque, total, son dos minutos de nada; cruzando la calle tres metros más arriba o cinco más abajo del paso de peatones señalizado; fumando más de la cuenta y pasándonos con el alcohol sólo en contadas ocasiones… cada semana. Y casi siempre salimos indemnes, pero hay veces en que la delgada línea que separa la vida de la muerte, se rompe.

La tragedia de Castelldefels es irreparable y sólo queda llorar a los muertos y consolar a los vivos.

Pero hay sitios, como Torrejón, donde esta misma mañana un grupo de hombres jugaba a la ruleta rusa con las vías del tren. Con cabezonería y un puntito de temeridad, explicaban al periodista que ellos cruzan por encima de las vías –igual que en Castelldefels- todos los días, que lo hacen para ahorrar tiempo, porque no hay ningún cartel que lo prohíba y, sobre todo, porque ellos sí que lo hacen con cuidado, no como los pobres de Castelldefels.

Lo irónico es que uno de esos “cuidadosos” señores que se jacta de cruzar a la tremenda la vía del tren, es un profesor de instituto. Si yo fuera la madre de uno de sus alumnos, me cambiaría de barrio sin dudarlo. Alguien que no tiene respeto por su propia vida no puede enseñar nada a los demás.

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