lunes, 28 de junio de 2010

Haciendo el guiri en Greenwich


En el día más caluroso del año en Londres (BBC dixit y yo corroboro), no se me ha ocurrido otra cosa que irme a Greenwich a pasar la mañana de domingo. Había leído maravillas de este barrio de la periferia al sureste de Londres, mundialmente famoso porque ahí se trazó el meridiano 0, longitud 0, latitud 0. Hay quien lo llama el ombligo del mundo, y hoy lo parecía.

Una atracción turística como otra cualquiera, pero tiene su gracia subir la colina del Observatorio Astronómico y hacerse la foto con un pie en el oeste y otro en el este. Lo que no sienta tan bien es tener que esperar quince minutos de cola, a pleno sol, para que en la foto no salgan decenas de desconocidos chupando cámara (obsérvese la foto sobre estas líneas).

Yo no tuve paciencia y decidí secundar a unos franceses, con lo que también tengo mi foto con las piernas abiertas, un pie en el este y otro en el este del mundo. Eso sí, en la parte trasera del meridiano. Menos aún se preocupó este monje (?) que ni siquiera se acercó a la estructura de metal. Cosas del antipaganismo, o que ya llamaba bastante la atención por la túnica tan abrigadita que llevaba.

Yo a Greenwich ya llegué algo molesta, por decirlo de un modo amable. Las eternas obras del metro los fines de semana; los cierres de estaciones; el tren parando cinco minutos en cada estación; el calor porque no hay aire acondicionado en ningún vagón; el supuesto trasbordo en Tower Hill que en realidad consiste en salir de una estación, andar entre obras y entrar en otra del mismo nombre, con lo que pagas doble billete (y Greenwich está en la zona 2, con lo que el viaje sale a casi 4 libras). Y al llegar, cientos de personas haciendo lo que yo: el guiri.

El mercado es como el cubierto de Brick Lane, pero mucho más pequeño y más atestado de puestos, y la comida peor. Me hubiera tirado de los pelos de no necesitar las manos para evitar a un grupo de chicos con sus tupper de plástico humeantes de cuscú, pitas y hasta una banana especial recubierta de chocolate y nata. Y, como si no puedo vencerlos, me uno a ellos, corrí yo misma a un puesto de comida etíope, vegetariana, y por 4 libras me tomé una aceptable bandeja de zanahorias, garbanzos, cuscú y hojas de parra con arroz. Sentadita en un banco bajo los árboles del Museo Marítimo.

La visita al Observatorio fue rápida, estaba cansada, acalorada, agobiada por la cantidad de domingueros, y además prefería pasear por la orilla del Támesis y encontrar los dos pubs históricos sobre los que había leído.

Llegar al primero, Trafalgar Tavern, fue cosa de niños: me guiaron los gritos de los fans que veían cómo Inglaterra perdía contra Alemania (otra vez). Me senté bajo una sombra en la terraza, justo a los pies de la estatua de Nelson, frente al río. La verdad es que este pub por sí solo ya merece una visita a Greenwich. Los escritores Dickens y Thackeray lo nombran a menudo en sus libros, y en el siglo XIX el Gabinete de Ministros navegaba río abajo para comer un buen plato de chanquetes.

Tiene un gran balcón contra el que rompen las olas del río y un primer piso más refinado con el restaurante propiamente dicho. Y la estatua de Nelson, el héroe de Trafalgar que hoy no pudo evitar la derrota de Inglaterra a manos de (esa sí) la Invencible Armada alemana.

Ya más reconciliada con Greenwich, caminé otro rato por la senda junto al río hasta que encontré el segundo pub histórico: el Cutty Sark, una auténtica casa georgiana de ladrillo rojo, también con terraza en la calle sobre el río y un interior de madera apabullante. Me habría tomado una Guinness, pero el calor y la perspectiva de desandar más de dos kilómetros hasta el metro, me disuadieron.

Cogí mi plano y me dirigí directa… en sentido contrario a donde debía, que es algo que me ocurre con frecuencia. Sólo que me topé con la calle donde pasaba el 188, autobús que casualmente viene al centro. Por supuesto, no tenía aire acondicionado, pero lo peor es que a mitad de camino se estropeó y tuvimos que esperar al siguiente a pleno sol (otra vez). Menos mal que no nos hicieron pagar doble y llegamos sin más sobresalto a Holborn; eso sí, después de recorrer todas y cada una de las calles de la orilla derecha del Támesis. Una hora más tarde, me bajaba en Holborn para coger mi querido autobús 59 que, éste sí, me trajo a casa.

Así que no me queda más remedio que volver a Greenwich otro día, por supuesto, no un domingo, para pasear por los jardines reales y visitar de verdad el Observatorio Astronómico, con su colección de instrumentos de medición, relojes, películas sobre el universo y sus interrogantes y los apartamentos del XVIII donde se alojaba el astrónomo real.

Y tratar de descubrir qué queda del pueblo que en los siglos XVII y XVIII era lugar de veraneo real, o ese Greenwich de las acuarelas de Turner. Desde luego, no en domingo.

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