domingo, 27 de junio de 2010

Antojo de dinosaurios


“Algunos de los mejores fósiles de esta galería fueron encontrados por Mary Anning (1799-1847), de Lyme Regis (Dorset). A los 11 años, descubrió el esqueleto completo de un ictiosaurio en las rocas Blue Lias, en la playa de Charmouth. Desde entonces, la búsqueda de fósiles se convirtió en la pasión de su vida, consiguiendo el respeto tanto de los coleccionistas como de los científicos. Desgraciadamente, la “mujer fósil” de Lyme Regis murió de cáncer a los 47 años.

En el sur de Inglaterra se han encontrado numerosos ictiosaurios y plesiosauros fosilizados, bien preservados en rocas del Jurásico Inferior y Medio. Mary Anning fue la primera persona en descubrir esqueletos completos de ictiosauros y plesiosauros. Sus extraordinarios fósiles aún son estudiados por los científicos de hoy en día”.


Cuando empecé este blog escribí que vivo en/por/para la ficción y los libros tanto como en la vida “real”. No lo decía por hacerme la interesante o dármelas de lista; de sobra sé que ese tipo de cosas genera un rechazo tan fulminante como el de los chispazos eléctricos repeliendo motas de polvo. Pero es cierto: desde que era una cría, los libros montan a mi alrededor un formidable andamiaje, sin pedir permiso o anunciarse con tarjeta de visita, porque los libros nunca duermen aunque nosotros no estemos despiertos.

Todo esto viene a cuento de que ayer tuve antojo de dinosaurios.

Iba paseando al Victoria & Albert Museum y, de repente, me apeteció caminar entre los frágiles y huesudos esqueletos de esos animales extinguidos hace millones de años. Así que me detuve en el Museo de Historia Natural, cogí el imprescindible plano y me dirigí al hall donde el Diplodocus impresiona con su larguísima cola, su formidable cuerpo y su diminuta cabeza.



En la sala anterior me encontré con Mary Anning y su gesto serio, su severo vestido negro y su sombrero firmemente atado al cuello. Sobre el retrato, el esqueleto de uno de los animales que descubrió, y al lado, las pocas líneas de tributo que he traducido al principio. Tan sólo la mirada inquisitiva, firme y directa delata la extraordinaria criatura que debió ser Mary Anning.

¿Y qué tiene que ver esto con los libros y mi querencia por vivir en ellos? Primero: resulta que la Mary Anning real es la protagonista (¿de mentira?) de Remarkable creatures, el libro de Tracy Chevalier que estoy leyendo y que fue lo primero que compré al llegar a Londres. Desmontando el andamiaje hacia atrás, llegamos a la conferencia de Tracy Chevalier, primer acto cultural al que asistí aquí, hace ahora un mes, en el Museo de Londres, que a la sazón es el escenario de algunos pasajes de otro libro de Chevalier, Ángeles fugaces, que acabó de cimentar mi gusto por esta escritora después de El azul de la virgen.

Pero todo esto venía a cuento de que ayer tuve antojo de dinosaurios.

Mi primer libro fue un libro sobre dinosaurios, un libro con brillantes láminas de colores y sus larguísimos nombres en negrita, difíciles palabras que yo apenas podía deletrear. Recuerdo mi extrañeza porque nadie me hubiera hablado de unos animales así, recuerdo la sorpresa y recuerdo la fascinación, mis ansias nuevas por aprender, mi deseo de seguir leyendo, estudiando y sabiendo cada día más. Recuerdo que quise ser como los hombres del libro, barrer también yo con una escoba la tierra y descubrir los huesos de esos magníficos animales.


Cuando ayer me topé con Mary Anning y vi sus ojos, por un instante fue como si la viera posando, casi doscientos años atrás, con algo de fastidio y mucha prisa por salir a recorrer los peñascos de la playa persiguiendo huellas de dinosaurios.


Me senté en el banco frente al cuadro contemplando la sala llena de huesos, restos de mandíbulas, algunas tibias y muchas, muchísimas fotos y explicaciones de quiénes fueron esos prodigiosos animales. Había decenas de niños, la mayoría entusiasmados pegando las naricillas a las vitrinas, pero también muchos con cara de fastidio, como si no entendieran la alegría de sus padres cada vez que descubrían un nuevo esqueleto, cuando ellos estaban deseando llegar a casa para jugar con la Play.

Me pregunto qué pensaría Mary Anning de esas manadas glotonas que engullen siglos de ciencia sin pararse ni a eructar.

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